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El declive emocional venezolano


Venezuela es una nación emocional, política y económicamente paralizada. Una nación pos apocalíptica, como decía Carlos Monsiváis de Ciudad de México, porque lo peor ya pasó. Todos los males ­–el desastre económico, el fin de la institucionalidad democrática, el fenómeno migratorio más grande en la historia de América Latina, la crisis del liderazgo opositor– le ocurrieron a nuestro país gracias a Hugo Chávez y al “socialismo del siglo XXI” y ahora, derrotados todos ­–el gobierno que tiene el poder, pero no tiene futuro–, y la resistencia democrática –que ya no es resistencia sino parálisis y solo tiene pasado–, comparten el mismo estado psicológico. La amargura de la resignación.

Nos acostumbramos a la vida mísera. En algunos estados como Táchira, si llega la electricidad por unas horas, hay una fiesta. Si un ciudadano común logra renovar su pasaporte, hay otra. Si eres adversario del gobierno y no te han metido preso aún, le das gracias a Dios y a Nicolás Maduro. Si tu hijo, o tu nieto, que emigraron a Chile o a España, te manda una remesa de cien o doscientos dólares al mes, eres feliz.

En esto pienso luego de releer, por esos azares de las redes sociales, una entrevista que el equipo del diario El Nacional le hiciera en 2018 a la psiquiatra Rebeca Jiménez, bajo el titular “Al venezolano lo han desmontado emocionalmente como al Estado”.

La tesis fundamental de la entrevista, hecha hace ya cuatro años, pero todavía vigente, es que los venezolanos que no apoyan al gobierno narcomilitar, pasaron de la euforia contestataria en las calles en 2017, de la rabia y la acción, a un estado de absoluta resignación en apenas un año, el 2018.

La doctora lo define como al estado burnout o síndrome de “estar quemado”, generado por el estrés que implica cansancio y rendición, no solo ante la crisis económica, sino también ante los deteriorados servicios públicos, la falta de electricidad, agua potable, gasolina, conexión a Internet, medicinas básicas, pensiones a los jubilados y el fracaso de la acción opositora.

“Un cambio patológico que el gobierno ha causado”, asegura Rebeca Jiménez. Y luego lo explica en detalle: “En este momento hay un proceso de despersonalización, de descalificación y de impotenzación del venezolano (…) El ciudadano está en un jaque mate psicológico, social, económico, al que han llevado progresivamente, y solo busca sobrevivir. Si nos remitimos a la pirámide de Maslow, en estos momentos el venezolano está en un punto crítico en el que para subsistir como entidad biológica tiene que enfocar toda su atención en sobrevivir. Ha perdido todas las cosas que tenía como normales: el agua, la luz, la gasolina; es el caos de su vida cotidiana”.

Es un dato importante. Y obviamente en este proceso de deterioro tiene un papel decisivo el silencio o la omisión del liderazgo político opositor. Leopoldo López guarda un silencio casi metafísico. Julio Borges no existe. El verbo entusiasmantemente bélico de Ramos Allup se convirtió en mudez apagada. Henrique Capriles, es obvio, no tiene nada que decir.

Se necesita una respuesta para iluminar este camino de sombras. Se supone que hubo una reunión en Panamá para recrear una plataforma opositora unificada. Cuando una sociedad entra en crisis, no solo a los gobernantes se les funden las neuronas y se les descompensa la ética personal. También a los opositores. ¿Alguien tiene una linterna?

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