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Guillermo Morón no conoció a Bernarda (por Alejandro Vásquez Escalona)

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febrero 12, 2022 – 6:13 pm

A  Anamar

Un Camino pedregoso. Polvillo de tierra amarillenta. Neblina que cae como sombra del viento de la tarde. El blanco lechoso de los techo de zinc de las viviendas, palidece con la ausencia gradual de luz. El verde plural de la montaña lo separa de nosotros un valle que muestra el tejido de colores de los cultivos de maíz, caraotas, café entre otros. Lo vemos en vista de pájaro. Un campesino machete cola de gallo al hombro baja la cuesta con su hijo. Estamos un poco lejos, pero olemos su aroma a sudor de la tierra. A calor de su casita de barro seguramente.

Usted ha leído muchos libros. Ya está bueno. Descanse, me sugiere Alejandro. Me conoce. Voy a ese pueblo dos veces al año, por lo menos. Aquí nací. Le cuento que tuve un herpes en la esclerótica y casi pierdo mi ojo izquierdo. Ahh con razón no había vuelto. Sentado en el cobertizo de su casa en sendas sillas de madera y cuero, conversamos sobre la vida. Franelilla blanca, pantalones kaki enrollado casi hasta la rodilla. Descalzo. Por aquí ha estado muy dura la cosa, hay un verano muy fuerte. Es bajito, moreno, de abdomen un poco abultado, pero firme. Sí, la vida no se hizo pa luchar porque si no se llamara vida, se llamara lucha. Siembra caraotas y maíz, lidia a diario con tres vacas y sus becerros. Conversador, sabio en su visión sencilla de la existencia. Su esposa sirve café cerrero en pocillitos de peltre blanco con florecitas rojas y amarillas. Silenciosa. Oye. Oye. En el patio trasero, las gallinas cloquean. Tal vez aniden. Habrá huevos.

El auditorio está lleno. Unos doscientos profesores ocupamos sus asientos. Todos de togas y birretes. Sí hiciéramos una fotografía desde arriba, tal vez pareceríamos zamuros o cóndores agazapados. Unos días antes mi mujer, me propone, andá a la imposición del certificado por tu ascenso a profesor titular. Lo pienso. No he asistido a ninguna ceremonia académica, porque no, sencillamente porque no. Disfrutá el acto. Debe ser emocionante sentir que ascendiste con tus investigaciones a la máxima categoría académica de la universidad. Ella también es docente universitaria. Bonita, jodida. Fuerte anímicamente como junco del desierto. Ecuánime le suena a ingenuidad.

Nos levantamos a las seis de la mañana. Adentro de la casa, tomó café con Jesús María, mi hermano. Campesino, blanco. Ojos verdes, impregnados de humor inteligente dosificado. Preciso. Hacemos arepas con huevos revueltos, tomate, cebolla y ajo, perico, pues. Desayunamos. Afuera, verdor de sembradío. Neblina. Frío suavecito. Es delgado, cuerpo fibroso. Risa asomada casi siempre como goteras en techo de zinc. Campesino.

El sol comienza bracear entre el ramaje de la montaña. Salimos, escardillas al hombro a deshierbar una hectárea de guanábanas. A sembrar caraotas en medio de los callejones que separan a éstas plantas. Comienza la labor de escarbar la tierra para desalojar las malas hierbas. Detrás va Jesús María. Siembra el nuevo cultivo que dará olor al fogón.

Estamos cerca de terminar la tarea del día. Diablo, y usted le zumba sabroso a esa escardilla, dice un campesino jornalero que nos ayuda. Ajá, ahí donde usted lo ve, es profesor de la universidad, pero nació en estas tierra, deshierbó muchas matas te piña en la granjita de papá cuando niño, advierte Jesús. Y disfruté, respondo. Disfruto ahora también, pienso. Mi cuerpo es un tobogán por donde resbala el sudor por el calor también suave del mediodía. Casi es hora de regresar a casa y preparar el almuerzo. Después, enchinchorrados en el corredor externo de la vivienda, sestear. En la tarde, quizás vaya a visitar algún campesino amigo. O beberé unos tragos de miche con Jesús, oyendo a Lupe y Polo o cualquier otro corrido mexicano. Depende. Todo depende.

La tarde pide clemencia a la noche. Cede terreno. El polvillo ocre del camino, se subleva un poco con el frenar de la camioneta Toyota hembrita de batea azul desteñido. Jesús María, se asoma desde la cabina, guaro, vamos pa la loma a tomarnos unas dos cervecitas. Saluda a Alejandro. Se Suspende la conversación. Me despido. Es viernes.

Sentados sobre un madero que soportan dos piedras en los extremos, consumimos la segunda cerveza, pilsen. Botella marrón. Sabrosa. Altota la loma donde estamos. Abajo se ve una selva chiquitica. Algunos campesinos juegan dominó. Otros hablan bajito, pendientes del juego, para sustituir a los perdedores, que pagarán la ronda. Alguien, quizás, cuenta el dinero en su bolsillo. Afila su entendimiento. No le agrada mucho pagar.

Llega un hombre cabello blanco, cara ovalada. Setenta y tantos años. Impecable. Lo acompaña una muchacha, ambos se miran con la picardía del enamoramiento que destella en sus ojos. Él pide dos cervezas. Los campesinos lo saludan sin aspavientos. Sin ánimos de reverencia. Con aprecio. La admiración es latente, pero sutil. El viejo de piel y cabello blanco, trajeado de lino ocre, bromea al acabar la cerveza. Ve el juego de dominó. Comenta algo que suena a chanza, reímos. Saca un litro de miche claro de la faltriquera de su saco, brinda. El litro de licor viaja de boca en boca, casi en círculo. Ahh, este es miche sanjonero, del bueno dice alguien y se limpia el pico de la botella con la punta de su camisa. Oigo la voz del visitante blanco de lino ocre, me suena a la novela Los Hechos de Zacarías. A mi bisabuelo, Juan Francisco Vásquez, El Chono uno de sus personajes, caudillo guerrero contra la formación del Gran Estado Andino.

La noche termina de caer sobre el caserío. Es un vacío negro. Se oye carraspear a un búho. El hombre que llegó entre la neblina, acompañado de la muchacha olorosa a menta a tomillo, se marchan después de compartir varios tragos de miche claro y un prosón bonito en el cobertizo donde estamos. Los veo alejarse. Recuerdo a mi padre. Alegre. Impecable también. Enamorado. Enamorado.

 

Alejandro Vásquez Escalona



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