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La bondad, el arma más formidable del ser humano |

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Recuerdo que esta frase era una de las más usadas por papá durante mis años de juventud. Constantemente nos recordaba que no había otra forma de vencer al mal sino a través de la bondad. Al mismo tiempo nos explicaba que era una frase que había aprendido de mi abuelito. Un coronel que luchó durante los años de la guerra civil venezolana, recorriendo a caballo el país, siendo testigo de toda la destrucción humana que trae consigo una guerra entre hermanos. Contando historias verdaderas que le llevaron a esa conclusión: No hay un arma, un instrumento, más grande, más magnífico que la bondad por su poder enriquecedor del alma, por todo el bien que despliega su práctica. 

Muchos escriben sobre la actualidad del país y del mundo. Particularmente, escribo sobre los principios fundamentales del cristianismo que realzan al ser humano, dignifican su existencia y le permiten relacionarse con sus semejantes bajo la protección, que como un paraguas, crea el caminar en esta vida considerando al otro como un igual. Tal como lo expresó el apóstol Pablo en su carta a los Romanos: “Por la gracia que se me ha dado, les digo a todos ustedes: Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación”… (12:2).

Entendemos la bondad como la inclinación natural del ser humano a hacer el bien, la cual puede ir en ascenso o en descenso a lo largo de la vida, dependiendo de los nutrientes con los que alimentemos nuestra ser interior. La bondad debe ser cultivada y ejercitada a fin de afianzarla en nuestro carácter, haciéndola parte de nuestro proceder. La bondad no se trata de un sentimiento de amor que nos mueve a hacer o dejar de hacer un acto que beneficie, o ayude a otro; se trata de un principio humano universal, se trata de un compromiso de cada ser humano con sus semejantes.

No es lo que se hace en los llamados eventos de caridad, ni las dádivas de los gobiernos para ganarse la simpatía de los menos favorecidos. La bondad va mucho más allá de un acto público para recibir reconocimiento o gloria de los hombres. El evangelista Mateo registró lo que Jesús dijo al respecto, de esta manera: “Cuídense de no hacer sus obras de justicia delante de la gente para llamar la atención. Si actúan así, su Padre que está en el cielo no les dará ninguna recompensa. Por eso, cuando des a los necesitados, no lo anuncies al son de trompeta, como lo hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que la gente les rinda homenaje. Les aseguro que ellos ya han recibido toda su recompensa. Más bien, cuando des a los necesitados, que no se entere tu mano izquierda de lo que hace la derecha, para que tu limosna sea en secreto. Así tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará”.

Bajaba de Jerusalén a Jericó, su corazón lleno de esperanza, contento con el fruto de su trabajo. En su mente muchos pensamientos se sucedían uno tras otro, mientras pensaba en el futuro, en su familia, en la vida que respiraba con profundo agradecimiento. De repente, unos hombres desconocidos se acercan, su corazón comienza a latir más rápido; ve en sus ojos sus intenciones perversas, la alegría es sustituida por el miedo y en un pestañeo yace herido, indefenso, desprovisto de sus posesiones. Sus ojos recorren el lugar, no hay nadie a quien llamar, el dolor lacera su cuerpo y la esperanza de hace unos momentos se desvanece junto con su consciencia.

Un rato después, otro hombre transita el mismo camino, absorto en sus pensamientos, en todas las obligaciones que le quedan por cumplir. Sus pies van solos por un camino que ha recorrido cientos de veces. Hoy es una oportunidad más, el camino luce tranquilo, nada ha cambiado. De repente, a lo lejos sus ojos ven algo diferente, un hombre que yace en el suelo. ¿Dormido? ¿Enfermo? ¿Muerto? A medida que se aproxima a él, su corazón se acelera, su mente se debate entre el deber hacer y el hacer lo que ya está planificado. Mientras más se acerca sus pensamientos se van tornando más firmes. Es mejor seguir el camino, cumplir con el deber trazado  y que otro haga lo debido. Como para acallar a su corazón que le reprende, sus ojos prefieren mirar al lado opuesto, sus pies siguen a sus ojos.

Cuando su figura se pierde en el horizonte, otro hombre cuyos pies son conocidos por el camino se aproxima. El camino trata de advertirlo, algo diferente hoy se ha cruzado frente a él. Sus pensamientos divagan en el universo de su mente, no tienen una forma definida, no tienen un propósito, tan sólo se suceden uno tras otro como caballos salvajes que galopan en una llanura. Sorpresivamente, sus pies se tropiezan con un obstáculo atravesado en el camino, y es solo en ese momento que sus ojos se dirigen al suelo. Ve al hombre moribundo y piensa; entonces se da cuenta que hacerse cargo podría traer desagradables consecuencias. Rápidamente, antes de que su conciencia gane la batalla, cruza la calle y sigue de largo, sin mirar atrás, sin volver el corazón.

Al hombre que yace herido le llora el alma. Dos hombres han pasado de largo mientras su cuerpo se desangra. En la distancia escucha los pasos firmes y rápidos de otro caminante, pero en su corazón ya no hay esperanza. El tercer caminante es también un hombre lleno de obligaciones y deberes, en su mente también se desbordan los pensamientos, miles que se suscitan uno tras otro. Por momentos, piensa en las cosas que van bien y se alegra; pero sin saber cómo, se encuentra pensando en todo lo que le preocupa. Es un hombre igual que los otros dos, con una vida, un trabajo, una familia.

Solo una cosa es diferente en este tercer caminante, al encontrarse al hombre que yace herido se le acerca y mientras le habla apaciblemente para calmar su ansiedad le va curando las heridas. No tiene mucho de qué echar mano, les pone vino y aceite y con sus ropas las venda, luego lo monta en su caballo, lo lleva al hostal más cercano y cuida de él. Al otro día tiene que partir, no sin antes sacar de su bolsillo el dinero necesario para cubrir los gastos del hombre herido y encargárselo encarecidamente al dueño del hostal.

Días más tarde, el hombre asaltado despierta sintiéndose restablecido, la esperanza ha llenado de nuevo su corazón, las heridas están casi totalmente sanadas y en su alma hay de nuevo fe en el ser humano. Le pregunta al hostelero quién es su benefactor, el hostelero le mira fijamente a los ojos y le responde: _ No puedo decirle su nombre, pero sin duda, usted le ha conocido como un hombre de bondad.

“La bondad es el arma más formidable del ser humano”.

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Pintura: El buen samaritano de Teófilo Patani (1859). Óleo sobre lienzo.

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