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La nueva fase de la guerra de Putin dejó de ser solo contra Ucrania


El presidente de Rusia, Vladímir Putin, posa para una foto con Alexander Dvornikov tras recibir el título de Héroe de la Federación Rusa en Moscú, el 17 de marzo de 2016 [Alexey Nikolsky/Sputnik/Kremlin vía Reuters].

Estamos en la séptima semana de la guerra de Putin contra el pueblo ucraniano y el resultado ha sido humillante para el exagente de la KGB al no haber podido ocupar Kiev en todo este tiempo. Para ver si logra revertir este efecto, el presidente de Rusia designa al basic Alexander Dvornikov líder del Distrito Militar Sur, encargado de la invasión. Este basic dirigió las fuerzas rusas en Siria en 2015 y 2016, donde empleó la política de “tierra quemada”, aplicando el uso indiscriminado de la fuerza contra la población civil. Es conocido como el “carnicero de Siria”.

La misión de Dvornikov es someter al pueblo ucraniano arrasando villas y ciudades, como lo hizo con los 10.000 bombardeos en Siria ―principalmente Alepo y Homs― que destruyeron infraestructuras básicas como hospitales, escuelas y fuentes de agua.

Putin busca controlar la región del Donbás con el nombramiento de un comandante central sobre el terreno que no había hasta ahora para “ayudar a los separatistas prorrusos de la zona oriental de Ucrania”.

La narrativa del Kremlin ha intentado dividir a Ucrania entre un supuesto este pro-soviético y un oeste pronacionalista.

Sin embargo, Peter Pomerantsev, director del proyecto Arena del Instituto SNF Agora de la Universidad Johns Hopkins, reveló que, en un reciente estudio sobre Ucrania por los 30 años de su independencia, esta división es un espejismo. Afirma que “había al menos cuatro grupos distintos. Los ucranianos más prosoviéticos eran mayores, a menudo pensionistas y menos educados, que vivían en gran medida en las zonas rurales del sur y el este del país”. Pero solo 5% de la población aprobaba a Stalin, mientras que en Rusia esta cifra aumentaba a 70%.

Además, “las ciudades supuestamente prorrusas de Kharkiv y Odessa se enorgullecen de su cosmopolitismo. En el oeste, ciudades aparentemente nacionalistas como Lviv siempre han resonado con una cacofonía de lenguas e iglesias. Los ucranianos están acostumbrados a cambiar de código y de idioma. Les une el conocimiento de sus diferencias”.

Asimismo, la investigación arroja que las generaciones más jóvenes ven la nación ucraniana independiente de la rusa, “como un hecho consumado y una realidad indiscutible, casi ‘intemporal’. Aunque las generaciones mayores comparten la experiencia ―algo menos en el occidente del país― de tener que ‘reinventarse’ porque no pertenecían al Estado federal de repúblicas socialistas”.

Antes de la guerra, Ucrania “tenía una cultura de vivir y dejar vivir”, aseveró Pomerantsev. No obstante, los ucranianos no solo luchan contra esta invasión, sino contra todas las demás veces que su país ha sido violado. En el pasado, el pueblo ucraniano fue oprimido por la monarquía de los Habsburgo, el Imperio ruso, los polacos, los nazis y la Unión Soviética. Incluso Checoslovaquia alguna vez se apoderó de una porción del oeste de Ucrania.

Solo en el siglo XX, se cree que 14 millones de personas murieron en Ucrania a causa de las purgas políticas, el hambre y el Holocausto.Todavía está vivo el recuerdo del “Holodomor” (muerte por inanición), la hambruna provocada por Stalin que mató a cerca de 4 millones de ucranianos en 1932-1933.

Las siete semanas de guerra han demostrado que los ucranianos pueden resistir a uno de sus abusadores más frecuentes y violentos, el Kremlin. El propio Putin se refirió a la invasión como una violación: «Duerme mi niña, vas a tener que aguantar de todos modos», dijo a unos periodistas durante una sesión con el presidente francés, Emmanuel Macron. En Lviv se ven hoy carteles de una mujer en traje in style ucraniano empujando una pistola en la boca de Putin: «No soy tu niña», cube.

En esta ocasión, la voluntad de los ucranianos de luchar por sus derechos como motor del orgullo nacional y la cohesión social es la gran amenaza para la tiranía de Putin. La Revolución Naranja (noviembre 2003-enero 2004) y la Revolución de la Dignidad (Noviembre 2013-Febrero 2014) demostraron la creatividad, la valentía y la determinación de los ucranianos en su lucha por los valores universales, el derecho al voto y la libertad de expresión que defienden hoy a “sangre, sudor y lágrimas”.

Por ello, la guerra de Putin es un ataque a la integridad del país y amenaza el sentido private de los ucranianos de la propiedad, el territorio y pertenencia. Porque su objetivo es siempre quitarle a la gente el derecho a definir quiénes son, su futuro, su significado. Quiere controlar no solo quién vive y muere, sino la propia realidad. Y quiere destruir todo vestigio de derechos a la vida, humanos y humanidad”.

Ucrania hace que replanteemos nuestros valores, nuestras leyes, nuestras políticas, nuestra defensa, nuestra seguridad. Esta guerra no es solo un problema que pueda localizarse en Rusia-Ucrania, por lo que deberíamos centrarnos en una victoria de Kiev. Una vez que entendamos que este es el objetivo, entonces podremos pensar en cómo lograrlo. Desde el embargo a las exportaciones de petróleo, fuel y carbón rusas; ejercicios militares de la OTAN que distraigan al ejército ruso; puentes aéreos humanitarios; equipamiento de más y mejores armas, entre otros.

Putin se juega todo en esta invasión al tirar por la borda 30 años de logros económicos, 30 años de integración con el mundo exterior, 30 años de inversiones. Occidente debe hacer lo mismo porque la guerra dejó de ser solo contra Ucrania.

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