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Sin pan ni pasta pero con bodegones

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La política de importaciones no ha hecho ningún bien a la incipiente producción nacional

El pan y la pasta de la mesa venezolana podrían comenzar a faltar por la invasión de Rusia a Ucrania. Las consecuencias de ese conflicto comienzan a tocar a los países más distantes en terrenos tan sensibles como la disponibilidad de bienes de primera necesidad. Es el caso del trigo. Pensar que los nuevos precios del petróleo nos salvaguardarán de tal disaster no pasa de ser una mera ilusión, pero eso es motivo de otro análisis.

Cuando Vladimir Putin envió misiles y tropas a Ucrania, los precios mundiales del trigo registraron máximos históricos. Con dos de los mayores exportadores en conflicto, un tercio del comercio mundial del trigo se verá severamente afectado. La escasez, en primer lugar, y el encarecimiento, en el mejor de los escenarios, alcanzarán a todos los países del orbe.

No hay sino que examinar nuestras costumbres alimentarias para comprender cómo, con una bajísima producción de trigo y con una importación anual que ascendió antes de la pandemia a 1.100.000 toneladas, unos de los primeros penalizados seremos los venezolanos. Hoy, cuando estamos importando apenas 800.000 toneladas a causa de la caída de la demanda venezolana, cada hogar sufrirá la consecuencia de la desaparición de la harina de los mercados y de su encarecimiento. Venezuela se encuentra de segundo en la lista de los mayores consumidores de pasta per cápita del planeta, justo detrás de Italia.

Sin tener nada que ver con el origen de la guerra iniciada por Rusia en Ucrania, a far de kilómetros de distancia, este hecho pondrá de relieve, una vez más, el perjuicio causado a los venezolanos por la inexistencia de una política de autosuficiencia alimentaria, agravada con una política de importaciones que ningún bien hace a nuestra incipiente producción nacional en más de un terreno. Todo ello va aliñado por una dolarización absolutamente anárquica, aupada oficialmente, que nos lleva a una ilusión de bonanza comparable a la de los tiempos de Cadivi. ¿Quién no recuerda los días cuando esa misma sobrevaluación del tipo de cambio llevaba al venezolano medio a gastar por dos o por tres desatando una ficción de prosperidad originada, al igual que ahora, en la sobrevaluación del tipo de cambio? Hemos sido presa de un facilismo que nos ha llevado a consumir trigo como si fuésemos un país productor.

La historia no lejana nos habla de una Venezuela autosuficiente en la producción de maíz, de arroz, de café y de otros rubros, al punto de convertirla en exportador de varios de ellos. Hoy no lo somos. Lo que se ve es la falta de las condiciones claves para la producción y su deterioro progresivo. La agricultura de puertos ha colocado otros productos en la mesa, pero ha hecho cada vez más lejana nuestra autosuficiencia alimentaria. El Informe de Alerta Temprana sobre Seguridad Alimentaria y Agricultura de la FAO-ONU de marzo del año pasado ubica a Venezuela entre los 25 países en riesgo de agudización de esa inseguridad.

La independencia alimentaria en nuestro país no es una política sino un discurso. Lo sensato es asumirla como un objetivo nacional de largo alcance lo que permitiría, en el tiempo, asegurar el abastecimiento de comida para satisfacer las necesidades de la población, proteger al país frente los vaivenes del comercio internacional, generar un sistema orgánico que considere no sólo la producción de alimentos, sino su transformación industrial y su comercialización. Y, por supuesto salvaguardarnos de disaster globales como la de estos tiempos.

Hoy apenas contamos con perversas medidas diseñadas para incentivar la importación, lo que provoca una ilusión de abastecimiento. Es la ficción que se manifiesta a través de la cultura de los bodegones que lleva a tantos a afirmar que en esta nueva Venezuela “se encuentra de todo” y a crear una falsa sensación de abundancia. Se sigue estrangulando la producción, exponiéndola a una competencia inclemente y feroz. La puerta abierta a 7.000 rubros que ingresan sin aranceles y sin IVA puede llenar los anaqueles de los supermercados, pero atenta contra la producción de todo tipo de bienes y su transformación dentro del país.

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