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Un horizonte tormentoso, por Marta de la Vega @martadelavegav



Es de Perogrullo reconocer que los tiempos son difíciles, no solo en Venezuela sino a escala planetaria. La invasión despiadada a Ucrania amenaza Europa y las democracias más sólidas del mundo. La agresión del ejército ruso expresa la ambición de Putin de restaurar la grandeza del viejo imperio, un sueño para él vigente en su afán expansivo y su voluntad de dominación sin freno alguno, que ha perseguido desde hace mucho tiempo y cuya necesidad de concretar se afianzó con la caída del muro de Berlín. Así como el derrumbamiento de la URSS significó para Putin una catástrofe que presenció conmocionado, también lo fue la caída del Berlín comunista, pues diluía su identidad y el orden de las cosas. 

Más que el sueño de reconstruir la antigua Unión Soviética, su objetivo es afianzar su dominio con visión absolutista y autocrática, para dejar a los rusos un legado de grandeza. A sangre y fuego, como hizo antes en Siria, con complete impunidad, han sido sometidas al Kremlin regiones de Ucrania como la península de Crimea y países independizados de la antigua Federación Soviética, como Chechenia, Georgia y hoy Ucrania. En tal sentido, Biden ha destacado, a propósito de las ciudades arrasadas: “señales de violaciones, torturas, ejecuciones” en Ucrania “son un ultraje a la humanidad”. Pero Putin, hasta ahora, salvo las recientes sanciones de los Estados democráticos de Europa, Asia y América al unísono, por los horrores cometidos contra Ucrania, no ha sido enjuiciado ni ha recibido castigo alguno, lo cual es estímulo para peores crímenes. Terrible leer a G. Eickhoff el 7 de abril de 2022: “No hemos visto ni una pequeña parte de la brutalidad que va a adquirir la guerra de Rusia contra Ucrania y Occidente”.

La meta de Putin se ha vuelto una pesadilla de implicaciones peligrosísimas. El chantaje nuclear del autócrata ruso a la Unión Europea, a la OTAN y a los Estados Unidos de América, nos compromete a todos. Una conflagración de esas características es un callejón sin salida. Como todo dictador, miente compulsivamente y de forma reiterada, a la vez que aísla a la población dentro de los territorios de Rusia y los mantiene bajo una férrea censura. La hegemonía comunicacional existente impide las posibilidades de información verdadera acerca de la destrucción de Ucrania, ilegal e injustificadamente provocada. Son crímenes de guerra y violaciones flagrantes al derecho internacional humanitario la muerte espantosa de civiles convertidos en objetivos militares, el uso de armas prohibidas como minas antipersonas de última generación, bombas de racimo, ataques a escuelas, hospitales oncológicos, infantiles y de maternidad, edificios residenciales o lugares de refugio de la población. El horizonte es sombrío; la tempestad no cesa. Arrecia su fuerza destructora. 

En el hemisferio americano, se agudiza la desesperanza de profundizar la democracia o rescatarla, afianzar la legitimidad de dirigentes y actores políticos, asegurar el desarrollo socio-económico y una coexistencia pacífica que asegure la paz con equidad, justicia y transparencia. La interferencia de Rusia en procesos electorales no es nueva. Así ocurrió en 2016 en las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Ante el inminente proceso electoral de Colombia para elegir nuevo presidente de la república, una investigación periodística seria ha demostrado la presencia y financiamiento de integrantes de la inteligencia rusa en la desestabilización del sistema político y el pago a agitadores de la primera línea que provocaron actos vandálicos y muertes tempranas e injustificables durante los disturbios de 2021 en varias ciudades colombianas. Estamos en países convulsos, donde crecen anarquía y anomia, con instituciones frágiles, Estados débiles, autoridades sin convicción ni fuerza ethical para resguardar el orden público y evitar trágicas revueltas. Perú, Ecuador, Chile, Colombia, Brasil, Argentina, Venezuela, y en Centroamérica, El Salvador, Honduras, Guatemala y especialmente Nicaragua, andan en disaster de dirigencia y de valores democráticos.

En Venezuela, el 5 de abril pasado, hubo en el Palacio de Miraflores una reunión de dirigentes de una supuesta “oposición” llamada “Foro Cívico”, que no representaban a las organizaciones a las que decían pertenecer, con el usurpador Maduro, que no es Jefe de Gobierno sino parte de un conglomerado felony mafioso. El grupo no representa las fuerzas democráticas, embriagado por el poder, sumiso y complaciente. Pisotea 22 años de resistencia contra la hegemonía totalitaria. Revela un liderazgo mezquino y egocéntrico, marcado de inmediatismo, miopía política, inmadurez e irresponsabilidad histórica. Ignora que la democracia no es negociable.





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